Después de enviar los documentos necesarios, recibimos la carta de autorización para realizar los biométricos, un paso esencial en el proceso de visa canadiense. Este trámite es gestionado por VFS Global, la empresa autorizada en Colombia. Fuimos al centro indicado con la carta enviada por el gobierno canadiense para completar el proceso, que consiste en la toma de huellas dactilares y una fotografía. Estos datos biométricos tienen una vigencia de 10 años y tienen un costo aproximado de 85 dólares canadienses por persona o 170 dólares por familia.
Menos de un mes después, llegó la tan esperada carta de aceptación. En ella nos informaron que ya teníamos nuestras visas: una de trabajo para mí y otra de estudio para mi esposa. Podíamos viajar cuando quisiéramos, y así fue: 40 días después ya estábamos en un avión. Aunque nuestra ruta incluía una escala en Ciudad de México, por problemas de tráfico aéreo tuvimos que desviarnos a Toluca para recargar combustible. Esto redujo nuestras 6 horas de escala a solo una, lo justo para comer algo rápidamente y correr hacia el vuelo que nos llevaría a Toronto.
Tras unas 14 horas de viaje en aviones, finalmente aterrizamos en Toronto. Para mí, era un momento emocionante y a la vez intimidante, ya que era mi primera vez saliendo del país. Mi esposa, con más experiencia viajando, estaba mucho más tranquila… al menos hasta que nos llamó una oficial de inmigración que, para ser sinceros, no era muy amable. Supongo que el cansancio de su turno nocturno la tenía agotada, pues llegamos alrededor de las 6 a.m.
Al no entender completamente lo que nos decía, solicitamos un traductor. Aunque mi esposa tenía mejor nivel de inglés que yo, los nervios le jugaron una mala pasada, algo que puede pasarle a cualquiera. La tensión del momento hizo que nos costara comunicarnos, pero al final todo salió bien y pasamos migración.
Ya fuera de ese proceso, decidimos detenernos a tomar algo. Mi esposa pidió un agua, y yo, un café en Tim Hortons, la cafetería emblemática de Canadá. Sin embargo, en la fila ocurrió algo que nunca olvidaré: cuando ya estábamos a punto de pedir, mi esposa se retiró repentinamente, dejándome solo. Confundido, me encontré frente a la cajera sin saber mucho inglés. Ella me hablaba, pero no le entendía nada, y lo único que se me ocurrió decir fue: “Black coffee and water.” La cajera insistía en hacerme más preguntas, pero yo simplemente repetía lo mismo una y otra vez.
Finalmente, señalé la botella de agua que quería, y el asunto quedó resuelto. Al volver con mi esposa, le pregunté por qué me había dejado solo. Su respuesta fue simple pero contundente: “Así es como se aprende inglés, enfrentando los miedos y con la necesidad.” Esa lección quedó grabada en mí. Fue un recordatorio de que, aunque aprender un idioma puede ser intimidante, es fundamental atreverse y enfrentarse a situaciones nuevas.
Mientras esperábamos nuestro transporte hacia el que sería nuestro nuevo hogar en Canadá, no podía evitar reflexionar sobre lo mucho que había aprendido en tan poco tiempo. Ese café, que en su momento fue un desafío, marcó el inicio de una nueva etapa llena de aprendizajes y aventuras.

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