Todo comenzó cuando una persona muy cercana a mi pareja y a mí nos hizo una pregunta que resonó profundamente: “¿No han pensado en irse del país?”

En ese instante, nuestras miradas se encontraron, y en ese breve intercambio de emociones, comprendimos que ambos estábamos pensando lo mismo. La imagen que surgió en mi mente fue instantánea y clara, como si la compartiéramos en ese mismo momento. Nos referíamos a ese país de la libertad, al lugar al que tantas personas aspiran a ir, aunque la idea puede parecer complicada y abrumadora. Un país que, aunque se asemeje a muchos otros, posee una singularidad única.

Es un país que recibe a millones de inmigrantes con los brazos abiertos, sin importar su cultura, sus costumbres o los problemas sociales que hayan dejado atrás. Ese gran país que alberga una de las maravillas del mundo, y que todos imaginamos al pensar en un futuro mejor. Sí, esa misma imagen que se forma en la mente de cualquiera al escuchar esa pregunta: CANADÁ.

La posibilidad de dejar nuestra vida conocida y emprender un viaje hacia lo desconocido se convirtió en un tema recurrente de conversación entre nosotros. Cada día, soñábamos un poco más con lo que significaría vivir en un lugar donde las oportunidades son amplias y la diversidad se celebra. El camino hacia la migración no sería fácil, pero la idea de comenzar una nueva vida en Canadá nos llenaba de esperanza y emoción.

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